Alguien dijo alguna vez, que nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos. ¿Sabes?
Y yo creo que mi vida ya la han tocado, golpeado y hasta intentado deformar sin razón. No pretendo, ni pretendí nunca dar pena, odio más bien hacerlo. Sé que o blanco o negro, pero el gris tampoco está mal. Los lunes para maldecirlos y los martes para echar de menos, mientras sábados sinónimo de desfase y domingos dolor de cabeza. Desastre va unido a mi nombre, imagino que como otras personas, pero en ocasiones me encuentro en un grado superior. Soy especialista en coger cariño rápido, en aferrarme a lo que consigo y tener miedo fácilmente; pero por eso mismo si digo “te quiero” lo digo con todas las letras, no miento, y odio quien lo hace, y no prometo si no es verdad. Reconozco que me gustaría ser más fuerte, valorar más lo que tengo y quejarme un poco menos de lo que me falta. A parte de todo esto, soy feliz, con todo lo que significa y por razones específicas. Me gusta ser un desastre, las cosas difíciles siempre fueron mi elección, si complicas el mundo, tendrás que facilitarlo, y eso es lo que yo acabo haciendo. Sonrío, lloro o pego chillidos, en distintas intensidades, ¿pero qué más da? Es mi vida, no la del resto y a quien no le guste, que no vea.
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